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Isarel, Haití y la hipocresía.

por Fran Sevilla el 22 Feb 2010 | URL Permanente

Resulta patético, a la par que indignante, escuchar a algunas cancillerías europeas rasgarse las vestiduras y exigir (sólo de boquilla, sin verdadera intención de exigir) explicaciones al gobierno israelí por la utilización de pasaportes falsificados de cuatro países europeos para cometer un crimen de Estado en Dubai. Estoy dispuesto a hacer una apuesta con cualquiera, a jugarme “corderos contra pajaritos”, como decían en mi barrio, a que este supuesto escándalo caerá, como tantas otras veces, en el más absoluto de los olvidos y se impondrá la vergonzosa y timorata complicidad de los europeos con Isarel.

Yo vivía en Jerusalén cuando Benjamín Netanyahu, en su anterior mandato como primer ministro, ordenó al Mossad asesinar a uno de los dirigentes de Hamás, Khaled Messal, en Aman. Le inocularon un veneno, pero los agentes-asesinos israelíes fueron detenidos en su huida por la policía jordana. Era 1997. El ya entonces moribundo rey Hussein, que fue uno de los líderes árabes más comprensivos y amigables hacia Israel, montó en cólera. Por medio de Bill Clinton exigió que Israel le hiciera llegar el antídoto contra el veneno y que fuera liberado el jeque Ahmed Yassin, fundador de Hamas. Siete años después el propio jeque Yassin, era asesinado por Israel en la franja de Gaza.

La indignación del rey Hussein, que se sentía utilizado y traicionado por los israelíes, era quizás algo más ingenua que la de los jefes de la diplomacia europea, pero igual de inocua. Hace ya mucho tiempo que Israel practica el terrorismo de Estado sin importarle demasiado cómo y a quién afecte. La diferencia entre un estado de derecho y un estado terrorista, es que en un estado de derecho se respeta la legalidad y cualquiera que sea acusado de cometer crímenes o delitos, sea un ratero común o sea un dirigente de Hamas, es sometido a un proceso judicial con todas las garantías. Hace también ya mucho que Israel dejó de ser un estado de derecho con relación a los palestinos y a la brutal ocupación que les ha impuesto.

La ONU hacía público hace poco el informe en el que acusaba a Israel de cometer crímenes de guerra en la ofensiva contra Gaza de hace un año. El propio gobierno israelí acabó reconociendo que su ejército había utilizado fósforo blanco contra la población civil palestina. Vuelvo a reiterar mi apuesta de unas líneas arriba, ¿creen ustedes que alguien será juzgado en Israel por esos crímenes?

¿Por qué mezclo a Haití en estas reflexiones?, se preguntarán algunos. Días después del terremoto, entre los aviones que aterrizaban en el aeropuerto de Puerto Príncipe con equipos de rescate para posibles supervivientes, llegaron un par de aeronaves de Israel con sus correspondientes equipos. La capital haitiana era (y sigue siendo) un territorio devastado. Pensé entonces que era un poco contradictorio enviar equipos a rescatar supervivientes bajo los escombros de Puerto Príncipe cuando justo un año antes el mismo gobierno, el mismo Estado, convertía en escombros decenas de edificios en Gaza, o lo hacía en Líbano, hace poco más de tres años, sepultando a decenas de seres humanos, niños incluidos, como también pudimos comprobar los que cubrimos aquella guerra, más bien aquella invasión salvaje, o como presencié en Yenin en el año 2002, o como ha venido ocurriendo a lo largo de tantos años. Me hubiera gustado que los equipos de rescate israelíes hubieran entrado en Gaza hace un año, a rescatar supervivientes palestinos entre las ruinas de los edificios derrumbados por sus bombas. Hablaba de contradicción, pero es más que una contradicción, es una insultante hipocresía. La de los europeos también.

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Recuerdo de Mercedes Sosa

por Fran Sevilla el 08 Oct 2009 | URL Permanente

Era enero de 1992. La guerra en la antigua Yugoslavia avanzaba sin tregua, dejando a su paso muerte y destrucción. Y lo peor estaba aún por llegar. Yo andaba por Zagreb. Cuando disponía de un ratito de calma, entre crónica y crónica, entre bombardeo y bombardeo, me iba a comer a la parte antigua de la capital croata, a un restaurante que se llamaba Stari Vjura, el Viejo Reloj, y que me había enseñado unos meses antes mi gran amiga Mirjana Tomic.

Y de verdad que todo era como si un viejo reloj se hubiera vuelto loco y nos hubiera obligado a dar marcha atrás en el tiempo, a volver a un tiempo de odio y violencia y sinrazón. Los amigos, los vecinos, los cónyuges de ayer se mataban hoy por el origen de su nombre.

Un día, comiendo en aquel viejo restaurante, completamente solo, rodeado por la desolación que la guerra imponía en todos los rincones, empezó a sonar la voz de Mercedes Sosa . Me quedé petrificado cuando esa voz profunda y envolvente desgranaba en aquel rincón que parecía abandonado de la mano de Dios una canción: “Sólo le pido a Dios que la guerra no me sea indiferente, que es un monstruo grande y pisa fuerte, toda la pobre inocencia de la gente…” La había escuchado muchas veces antes, y de nuevo volvía a sentir que esa canción de León Gieco, cantada por Mercedes Sosa, era mucho más que un himno, era una auténtica declaración de conciencia.

Mercedes Sosa siguió cantando, era un disco, una grabación de una actuación en vivo. Y de repente sonó un tango. Desde muy niño he escuchado tangos, esa música y, sobre todo, esas letras, que son una forma de vida y que hace unos días la UNESCO ha incorporado al patrimonio inmaterial de la humanidad.

Escuchaba a Mercedes Sosa cantar un tango que entonces no conocía, no lo había escuchado antes. Y su letra no hablaba de guerras o de violencia o de miseria. Hablaba del desamor. Pregunté y busqué hasta que di con él. El tango se llama “Los mareados”. Música de Juan Carlos Cobián, letra de Enrique Cadícamo, el gran poeta del Tango, el creador, entre otros muchos temas, de Gotán, el reverso del tango, el nombre que, por cierto, encabeza también uno de los poemas más bellos que nunca se han escrito, Gotán, de Juan Gelman.

Un par de años después, en un mercadillo callejero de la ciudad boliviana de Cochabamba, encontré ese mismo disco, de vinilo, de Mercedes Sosa que había escuchado en Zagreb. Me acompaña aún. Como me acompañan todos los sentimientos y todos los recuerdos que esta bella mujer instiló en mi alma y en mi piel.

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70 años de guerras

por Fran Sevilla el 02 Sep 2009 | URL Permanente

“La Guerra es un lugar muy feo” me dijo, hace más de un cuarto de siglo, cuando me asomé a mi primer conflicto bélico como periodista, un hombre ya mayor, o quizás no tanto, pero envejecido prematuramente por lo que le había tocado vivir. Estábamos en San Carlos, en el sur de Nicaragua, cerca del río San Juan, una de las zonas donde actuaba la Contra, el ejército mercenario financiado y adiestrado por Estados Unidos.

Allí, en San Carlos, contemplé el primer muerto de guerra; olí por primera vez el olor de la muerte que causan las armas. Después vinieron muchas más, tantas que a veces resulta difícil recordarlas todas. Ni el olor que percibí entonces ni la sensación que tuve han variado demasiado con el paso de los años; las guerras dejan siempre una descorazonadora sensación de rabia y de impotencia, un dolor agudo.

Se conmemora (quizás la palabra conmemorar no sea la apropiada) estos días el septuagésimo aniversario del comienzo de la II Guerra Mundial. La efemérides es recordada con todo tipo de reportajes, documentales, fotografías, análisis y comentarios. Fue una tragedia de dimensiones tan descomunales, que todavía hoy a uno le recorre un escalofrío cuando lo piensa. La barbarie nazi, los bombardeos de ciudades, las represalias contra la población civil, el Holocausto de la población judía y de otras minorías, las bombas atómicas. El mal en estado puro recorriendo la Tierra.

No digo que no haya habido a lo largo de la historia conflictos tan devastadores, pero resulta difícil encontrarlos. Fue, eso sí, la primera vez que se universalizó la guerra porque muy pocos rincones del Planeta se salvaron del impacto, directo o indirecto, de la contienda. Y fue la primera vez, hablando de guerras en el sentido tradicional, no de invasiones o genocidios, que el número de víctimas civiles superó al de bajas militares.

Setenta años después uno tiene la sensación de que los seres humanos hemos aprendido poco. El continente donde más impacto tuvo la II Guerra Mundial, Europa, pareció quedar inmunizado, salvo terribles excepciones como el de la antigua Yugoslavia. Pero lo único que hicieron las grandes potencias, las emergentes y las decadentes, fue trasladar los conflictos, delegar su ejercicio a otras zonas del mundo.

Y en esas otras zonas quienes combatían, ejércitos europeos, estadounidenses o soviéticos y ejércitos locales, sí aprendieron la lección. Desde aquella II Guerra Mundial hasta nuestros días todos los conflictos han tenido un denominador común, quienes mueren, el 90% de las víctimas, son civiles, no combatientes, mujeres, hombres, niños, atrapados en el ojo del huracán de la Historia.

Como me decía aquel hombre nicaragüense, la guerra es un lugar muy feo. Y en esa forma de expresarlo, de verbalizar la guerra como “un lugar”, encerraba una trágica sabiduría. Porque el lugar lo es todo y cuando ese jinete del Apocalipsis cabalga, lo impregna con su mortífero hálito y nadie se salva.

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DAÑOS COLATERALES EN AFGANISTÁN

por Fran Sevilla el 28 Ago 2008 | URL Permanente

Los magos de la mentira y el engaño inventaron hace años esa expresión, “daños colaterales”, un eufemismo con el que ocultar la realidad, con el que borrar el nombre de las verdaderas víctimas de las guerras, los civiles desarmados y desamparados, los más vulnerables, los más desprotegidos, los más indefensos. Jamás he utilizado esa expresión salvo para denunciar la cobardía y el cinismo de quienes se amparan en un juego de palabras para justificar los injustificable.

Hoy de nuevo la expresión la aplican en el Pentágono. En esta ocasión han sido noventa los daños colaterales; sesenta niños, quince mujeres y quince hombres, dañados colateralmente, es decir, despanzurrados, desmembrados, abrasados, destrozados por un bombardeo de las fuerzas de Estados Unidos en Afganistán, según han denunciado los supervivientes y ha confirmado la ONU. Noventa cadáveres que por unas horas desmintieron la sequedad de la tierra en un remoto rincón al sur de la provincia de Herat regándola con su sangre.

No ha sido la primera vez, ni la segunda, ni siquiera la tercera o la cuarta. Desde la invasión de Afganistán en 2001 la muerte de civiles afganos en bombardeos estadounidenses ha sido una constante a la que nadie parece querer o poder poner un límite, un basta ya, un algo se está haciendo mal! Recuerdo unos versos de Mario Benedetti: “hay quienes pacifican dos pájaros de un tiro”, “el pacificador que pacifique a los pacificadores, un buen pacificador será”.

Me admira la impunidad, la absoluta falta de moral, la total carencia de sentimientos, la pasmosa frialdad con la que Estados Unidos y sus aliados guardan silencio o esbozan un amago de lágrimas de cocodrilo. Quizás lo que más me sorprende de todo y lo que más me indigna es la escasa, por no decir la nula repercusión que lo ocurrido ha tenido. Los medios de comunicación apenas han recogido algunas notas, un breve texto, unas palabras, un par de imágenes. Total, ¿a quién importan noventa civiles muertos en Afganistán con tanta crisis económica?, ¿es noticia?

En estos días hemos vivido un drama terrible en España, con el brutal accidente de aviación en Barajas que ha causado 154 muertos. Han muerto algunas familias enteras, niños, mujeres, hombres, gente sencilla. Ahora piensen en lo ocurrido en un remoto rincón de Afganistán. Un número de víctimas no igual pero próximo. También eran familias enteras, niños, mujeres y hombres. En este caso no volaban y cayeron a tierra para encontrar la muerte, estaban en tierra y del cielo les cayó la muerte en forma de bombas. ¿No habría que haber contado algo más de lo ocurrido, algún signo de duelo un poco más profundo?

¿Hay alguien que le haya dicho a Estados Unidos que ya están bien? ¿Hay alguien que cuestione lo que se está haciendo en Afganistán, cuál es el verdadero objetivo de aquella guerra olvidada? ¿Hay alguien que piense que la muerte de un niño, de una mujer, de un hombre, es igual de importante y trágica se produzca donde se produzca?

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GUERRAS E HIPOCRESIA EN EL CAÚCASO

por Fran Sevilla el 14 Ago 2008 | URL Permanente

Desde el hundimiento de la Unión Soviética, como ha ocurrido a lo largo de la Historia con el desmembramiento de todos los imperios, hemos asistido a un rosario de guerras y conflictos en los territorios que durante un tiempo integraron aquel imperio. Guerras entre vecinos, conflictos internos, revoluciones y contrarrevoluciones más o menos populares, y dictaduras, muchas dictaduras continuadoras de aquella otra global.
Una de las zonas más sensibles, con más intereses en juego, petrolíferos incluidos, y con mayor volatilidad, ha sido el Cáucaso. En esta región, una especie de patio trasero de Rusia en la visión de Moscú, es donde más sangrientos y brutales han sido esas guerras. Entre otros factores por el intento del gobierno ruso de reconstruir el imperio sobre las cenizas de lo que un día fue. Dos han sido los conflictos más graves en esta zona con intervención de Rusia: Georgia y Chechenia.
En Georgia, tras la llamada “revolución de las rosas”, que depuso de la presidencia a Edvard Shevarnadze, último ministro de Asuntos Exteriores soviético, se formó un gobierno aliado de Occidente, especialmente de Washington. El envío de dos mil soldados georgianos para colaborar en la ocupación estadounidense de Irak, fue significativo. Por eso, Occidente ha puesto el grito en el cielo ante la agresión rusa contra este pequeño país.
Contrasta esa indignación, absolutamente justificable, con la cómplice indiferencia con que asistimos en su día a las brutales guerras de Rusia contra Chechenia. Claro que en éste caso se trataba de un territorio no aliado de Occidente y, para mayor escarnio, de población mayoritariamente musulmana.
La actuación de las fuerzas rusas en Chechenia, que cometieron todo tipo de crímenes de guerra, provocaron una radicalización de los independentistas chechenos. De un primer gobierno relativamente moderado se pasó al fortalecimiento de una milicia delirante que cometió salvajes atentados terroristas y que fue responsable de episodios tan dramáticos, con el resultado de centenares de muertos, como la toma del Teatro Dubrovka en Moscú, en 2002, y de la escuela de Beslan en Osetia del Norte en 2004. Tragedias a las que contribuyó lo que podría calificarse como terrorismo de Estado ruso, responsable igualmente de aquellas masacres.
Contrasta también la hipócrita defensa por Rusia de las ansias independentistas de Osetia del Sur y de Abajasia, en Georgia, con su no aceptación de la independencia de Chechenia. Detrás de todos estos conflictos está la mano de Vladimir Putin, el entonces presidente y hoy primer ministro y hombre fuerte de Rusia, antiguo funcionario del KGB soviético, empeñado en imponer su poder a costa de lo que sea y de quien sea. Nadie le paró los pies en Chechenia y hoy se siente imparable en su vocación imperial. En el camino han quedado decenas de miles de muertos, ciudades devastadas, destrucción y odio.
Georgia es el territorio conocido hace más de dos mil años en la mitología griega como la Cólquide, hasta donde llego Jasón con los argonautas para recuperar el Vellocino de Oro. Para ello Jasón tuvo que aceptar una serie de pruebas que el puso el rey Eetes, incluido enfrentarse a animales monstruosos. Los consiguió con la ayuda de Medea, la hija de Eetes, que se enamoró de Jasón y utilizó sus poderes mágicos a cambio de que Jasón se la llevara consigo en el Argo.
¡Qué lejos quedan las leyendas! ¡Qué lejos los héroes! Hoy los monstruos en Georgia son de acero y lanzan cargas mortales que siembran muerte y destrucción. Nadie parece tener los poderes mágicos suficientes para derrotar a esos monstruos. Y los verdaderos héroes son miles de seres humanos anónimos enfrentados a la prueba de sobrevivir. Muchos no lo consiguen.

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La maldición de Beirut

por Fran Sevilla el 23 May 2008 | URL Permanente

Asomado al Pacífico, viendo la puesta de sol, de un sol rojo e inmenso que parecía morir para siempre, como si hubiera decidido no volver a salir, recordé hace unos días un crepúsculo similar, a orillas del Mediterráneo. Era en la corniche de Beirut, uno de esos rincones de este mundo que se instalan en la memoria para no abandonarla nunca. Era también un atardecer preñado de rojos: el rojo del sol, el rojo nacarado de las nubes, el rojo violáceo del mar, el rojo oscuro de la sangre coagulada en las calles tras el último bombardeo.

Beirut parece vivir condenada a una maldición de sangre y fuego. Quizás sea porque, según la tradición de aquella tierra, en la corniche, en el malecón de Beirut, fue donde San Jorge derrotó al dragón, dándole muerte, y el fuego de la bestia emergió por última vez al tiempo que la sangre de su corazón, atravesado por la lanza, se derramaba a golpes espasmódicos, hasta que dejó de bombear. Murió la fiera, triunfó, supuestamente, el héroe. Pero desde entonces ya no ha habido más héroes con mayúsculas en Beirut, sólo héroes cotidianos. Y sí ha habido muchas fieras. Desde entonces, otras sangres siguen brotando, otros fuegos continúan alimentando el hambre insaciable de los dioses, que parecen disfrutar con las tragedias humanas.

Beirut, todo Líbano, ha sido durante siglos la tierra en la que los imperios, grandes o pequeños, antiguos o modernos, del levante mediterráneo, del oriente cercano (según la denominación que me enseñaron en la escuela, no contaminada por la visión anglosajona, y que hoy entiendo por la proximidad a mi corazón), han querido dirimir sus disputas. La muerte siempre era la de los otros, la ajena. Lo sigue siendo. Miles de libaneses han matado y han muerto en guerras que no eran de ellos, que les venían impuestas. Miles de libaneses han matado y han muerto por interposición, por delegación. Miles de libaneses se aprestan a matar y a morir si alguien no hace algo, si nadie les explica que Dios y los dioses son siempre los mismos, que también lo son los traficantes de armas, los vendedores de patrias, los apóstoles del apocalìpsis. Y que también son siempre las víctimas las mismas.

Pero los libaneses no parecen dispuestos a escucharlo, a entenderlo. Por más que se asomen cada atardecer a la corniche y desde allí, o desde el puerto de Biblos, o el de Tiro, o el de Sidón, o el de Trípoli, vean como el sol se hunde en el mar, preñado de rojo, más intenso aún que por su propio color, por el reflejo de la sangre que sigue derramándose por todos los costados de El Líbano. Un sol que se hunde con vergüenza, con congoja por lo que ha visto. Y que, a buen seguro, si pudiera, elegiría no volver a salir mañana para no tener que iluminar la misma tragedia.

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