Mercé revisited
Uno de los objetivos fundacionales de este blog era colgar los flecos del rodaje que no entran en el montaje final por culpa de la socorrida falta de tiempo. En la entrada anterior ya nos hacíamos eco de un momento descartado por peregrino.
Ahora nos remitimos a uno de los protagonistas de “El paisaje en el diván”, el artista leridano Xesco Mercé que se prestó a recrearnos una obra de la serie “De Gènere Degenerat”. No son más que declaraciones sustanciosas que no entraron y algún que otro momento rescatado del mismo documental.
Extras del DVD para ilustrarnos un poco más.
"La domesticación del paisaje" por Verneuil (en riguroso avance editorial)
Han pasado ya algunas semanas desde la emisión de “El paisaje en el diván” y recogemos satisfechos algunos emails positivos que todavía nos hablan sobre el artista que aparece performeando en el documental, Xesco Mercé (aunque no sabemos si las palabras “performear” o “artista” le harán mucha gracia al susodicho).
A la espera de encontrar un hueco para poder editar algunas de las suculentas declaraciones que quedaron fuera del montaje final y colgarlas en este blog, os ofrecemos una perlita que Xesco nos remite y que sigue teorizando sobre el concepto del paisaje tratado en el documental. Se trata de un relato corto de Lucien Verneuil, fichaje estrella de la editorial en ciernes Impropia-Orsay. La presentación de dicha empresa se realizará poco antes del próximo Sant Jordi'09. La portada del libro igual os suena a los que visteis el programa. Está diseñada por el mismísimo Xesco.
En exclusiva (término que tanta gracia nos hace a los que trabajamos en los media), os colgamos el cuento que remite directamente a la famosa ascensión de Petrarca en 1336 al Mont Ventoux en lo que se considera el texto fundacional del montañismo y, de paso, del concepto moderno de "paisaje". Es decir, subir una montaña porque sí, sin un afán conquistador.
Todo muy escarabajo vaya. Esto nos daría para un documental (de los de autor) con cara y ojos.
Lucien Verneuil, La domesticación del paisaje
Mi amigo Bernard Fabvré, el escultor, me ha contado, en más de una ocasión, una historia que nunca sabré a ciencia cierta si es una anécdota auténtica, enriquecida con convincentes detalles literarios, o un cuento hábilmente disfrazado con hechos y pertrechos reales. Sea una cosa u otra, dicho relato, a copia de contarlo, ha alcanzado una destilada perfección. Bernard, excelente fabulador de sobremesas, deleita con ella a sus ocasionales contertulios con estudiada frecuencia.
El protagonista de la historia es su tío-abuelo Roland Fabvré, reconocido cronista fotográfico comarcal, a la vez que más que notable acuarelista amateur. Como suele suceder en este tipo de relaciones de parentesco, el inevitable y lánguido atardecer de uno coincidía con el volcánico despertar al mundo del otro. Roland había procurado envejecer sabiamente, esto es, echando mano más del sentido del humor que de la resignación. Incluso ante la pérdida que más dolor le causaba entre todas, la de otro sentido, el de la vista, había respondido valientemente. Bautizó a la que era su nueva gata, en honor a sus tupidas cataratas, “Niágara”.
En una de las presumiblemente penúltimas visitas del sobrino a su tío, éste le pidió un íntimo y final deseo: subir al Mont Ventoux. El anciano quería experimentar lo mismo que sintió Petrarca ese 26 de abril de 1336. Hacerlo además con idéntico propósito: por placer. Pero no podía disimular, fetichista como todos los artistas, otro goce aún mayor: ser partícipe de un mito, el del inicio del paisajismo moderno. La flamante adquisición del primer coche de segunda mano por parte del joven invitaba a cumplir celosamente tan poética solicitud.
La mañana del 16 de abril de 1965, el Renault 4 rojo serpenteaba por la carretera del puerto tan dificultosamente como dos años más tarde lo haría un mítico ciclista británico, empujado a su desértico destino por una mezcla de anfetaminas y cognac. El novel conductor maniobraba con más precaución de la aconsejable: temía que la espesa niebla, que había caído súbitamente sobre la cima descarnada de la montaña, quebrase injustamente el encanto de ese esperado momento. Confiando en la precariedad oftálmica de tío Roland, se abstuvo de hacer comentario alguno al acompañarlo ceremoniosamente al hasta el borde del mirador. El abuelo contempló largamente el abismo de tinieblas, cerró los ojos con voluntaria parsimonia y dijo: -Es el mejor paisaje que nunca hubiese podido imaginar.
Bernard nunca supo si esa sentencia era fruto de un postrero espejismo senil o de una combinación azarosa de ironías, la del destino climatológico y la de un veterano vividor. Había, sin embargo, una tercera respuesta: esa última visión, o quizás la que el viejo retuvo bajo sus párpados, encerraba, de forma nítida y verdadera, el secreto de todas las imágenes, el elixir de todos los silencios, el molde de todas las formas y la esencia de todos los colores.
