Mercé revisited
Uno de los objetivos fundacionales de este blog era colgar los flecos del rodaje que no entran en el montaje final por culpa de la socorrida falta de tiempo. En la entrada anterior ya nos hacíamos eco de un momento descartado por peregrino.
Ahora nos remitimos a uno de los protagonistas de “El paisaje en el diván”, el artista leridano Xesco Mercé que se prestó a recrearnos una obra de la serie “De Gènere Degenerat”. No son más que declaraciones sustanciosas que no entraron y algún que otro momento rescatado del mismo documental.
Extras del DVD para ilustrarnos un poco más.
LA CIUDAD DE CRISTAL Y LA 242
Hace más de veinte años el escritor norteamericano Paul Auster publicó City of Glass. Era un ejercicio de introspección en el que el tratamiento del tiempo era particular. La novela, que formaba parte de Trilogía en Nueva York, fue posteriormente adaptada al cómic por Mazzucchelli y Paul Karasik. Los dos habían recibido el encargo de Art Spiegelman, una obra que en España editó La Cúpula, en serie limitada de tres números y bajo el título de La Ciudad de Cristal.
Cuando Auster llegó a España tras la publicación de esta adaptación, el periodista Gabi Martínez publicó en la revista La Torre de Babel una entrevista con el escritor donde habla precisamente de las palabras y el tiempo.
Paul Auster: "Las palabras son todo y nada. Hay que aprender a usarlas".
Gabi Martínez: "¿Cómo?"
P.A.: "Como se aprende todo: ralentizando tu vida. Así ves cosas en las que antes ni te fijabas. La trayectoria de la luz que pasa por la habitación cada día, por ejemplo, y la forma en que el sol, a ciertas horas, refleja la nieve en el extremo más lejano del techo de tu habitación. Los libros, los cómics, hay que leerlos tan pausado y cautelosamente como fueron escritos. El truco está en ir despacio".
Quizá este truco fue el que nos llevó a Jero Rodríguez y a mí a reflexionar sobre la velocidad. Si queríamos abordar este concepto teníamos que situarnos en algún camino donde el tránsito hacia un lugar nos ofreciera esa posibilidad.
Necesitábamos esa vía y finalmente encontramos la carretera C242 que conduce a la maravilla del Parque Natural de Montsant, en el corazón de la comarca del Priorato (suroeste de Tarragona).
Son precisamente unos escasos 40 kilómetros lo que consta en el anteproyecto de modificación y que supondrá una carretera más ancha y con menos curvas. La reforma permitirá acceder antes al “paraíso” para aquéllos que lleguemos de la ciudad, pero sin embargo, también facilitará el crecimiento de algunos municipios y la posibilidad de urbanizar más el territorio. Cuando a finales de verano se iniciaron las obras en el tramo anterior de carretera, los titulares de los periódicos acompañaron la noticia en un sentido inesperado: “El Priorato teme perder su paisaje por una reforma vial”, “Nostalgia por el paisaje perdido”.
¿Cómo podía ser que los habitantes de aquella comarca, con aquellas carreteras que son pura curva, temieran lo que para nosotros, visitantes, considerábamos que era progreso.
La ruta nos llevó por parajes únicos que son reservas naturales, descubrimos lugares olvidados que serán transformados en museo, comprobamos cómo aquel paisaje había sido crucial en la retaguardia de la guerra civil, escuchamos argumentos y degustamos también el gran vino que, desde hace siglos, ofrecen los viñedos en las laderas de los montes más altos. Nuestro ritmo fue acompasándose a la velocidad a la que nos obligaba el camino.
Y así, despacio, encontramos.
Y si al principio me fijé en las impresiones de Auster en su Ciudad de Cristal, termino con Lawrence Durrell y el Cuarteto de Alejandría: “Somos hijos de nuestro paisaje; nos dicta nuestra conducta e incluso nuestras ideas en la medida en que podemos armonizar con él”
(Como muchas veces ocurre en los rodajes han sido las fotos de nuestro compañero José Luis Aliart las que luego nos permiten poder incluir alguna imagen en el blog. Algo en lo que nosotros no pensamos y él sí. Gracias pues)
"La domesticación del paisaje" por Verneuil (en riguroso avance editorial)
Han pasado ya algunas semanas desde la emisión de “El paisaje en el diván” y recogemos satisfechos algunos emails positivos que todavía nos hablan sobre el artista que aparece performeando en el documental, Xesco Mercé (aunque no sabemos si las palabras “performear” o “artista” le harán mucha gracia al susodicho).
A la espera de encontrar un hueco para poder editar algunas de las suculentas declaraciones que quedaron fuera del montaje final y colgarlas en este blog, os ofrecemos una perlita que Xesco nos remite y que sigue teorizando sobre el concepto del paisaje tratado en el documental. Se trata de un relato corto de Lucien Verneuil, fichaje estrella de la editorial en ciernes Impropia-Orsay. La presentación de dicha empresa se realizará poco antes del próximo Sant Jordi'09. La portada del libro igual os suena a los que visteis el programa. Está diseñada por el mismísimo Xesco.
En exclusiva (término que tanta gracia nos hace a los que trabajamos en los media), os colgamos el cuento que remite directamente a la famosa ascensión de Petrarca en 1336 al Mont Ventoux en lo que se considera el texto fundacional del montañismo y, de paso, del concepto moderno de "paisaje". Es decir, subir una montaña porque sí, sin un afán conquistador.
Todo muy escarabajo vaya. Esto nos daría para un documental (de los de autor) con cara y ojos.
Lucien Verneuil, La domesticación del paisaje
Mi amigo Bernard Fabvré, el escultor, me ha contado, en más de una ocasión, una historia que nunca sabré a ciencia cierta si es una anécdota auténtica, enriquecida con convincentes detalles literarios, o un cuento hábilmente disfrazado con hechos y pertrechos reales. Sea una cosa u otra, dicho relato, a copia de contarlo, ha alcanzado una destilada perfección. Bernard, excelente fabulador de sobremesas, deleita con ella a sus ocasionales contertulios con estudiada frecuencia.
El protagonista de la historia es su tío-abuelo Roland Fabvré, reconocido cronista fotográfico comarcal, a la vez que más que notable acuarelista amateur. Como suele suceder en este tipo de relaciones de parentesco, el inevitable y lánguido atardecer de uno coincidía con el volcánico despertar al mundo del otro. Roland había procurado envejecer sabiamente, esto es, echando mano más del sentido del humor que de la resignación. Incluso ante la pérdida que más dolor le causaba entre todas, la de otro sentido, el de la vista, había respondido valientemente. Bautizó a la que era su nueva gata, en honor a sus tupidas cataratas, “Niágara”.
En una de las presumiblemente penúltimas visitas del sobrino a su tío, éste le pidió un íntimo y final deseo: subir al Mont Ventoux. El anciano quería experimentar lo mismo que sintió Petrarca ese 26 de abril de 1336. Hacerlo además con idéntico propósito: por placer. Pero no podía disimular, fetichista como todos los artistas, otro goce aún mayor: ser partícipe de un mito, el del inicio del paisajismo moderno. La flamante adquisición del primer coche de segunda mano por parte del joven invitaba a cumplir celosamente tan poética solicitud.
La mañana del 16 de abril de 1965, el Renault 4 rojo serpenteaba por la carretera del puerto tan dificultosamente como dos años más tarde lo haría un mítico ciclista británico, empujado a su desértico destino por una mezcla de anfetaminas y cognac. El novel conductor maniobraba con más precaución de la aconsejable: temía que la espesa niebla, que había caído súbitamente sobre la cima descarnada de la montaña, quebrase injustamente el encanto de ese esperado momento. Confiando en la precariedad oftálmica de tío Roland, se abstuvo de hacer comentario alguno al acompañarlo ceremoniosamente al hasta el borde del mirador. El abuelo contempló largamente el abismo de tinieblas, cerró los ojos con voluntaria parsimonia y dijo: -Es el mejor paisaje que nunca hubiese podido imaginar.
Bernard nunca supo si esa sentencia era fruto de un postrero espejismo senil o de una combinación azarosa de ironías, la del destino climatológico y la de un veterano vividor. Había, sin embargo, una tercera respuesta: esa última visión, o quizás la que el viejo retuvo bajo sus párpados, encerraba, de forma nítida y verdadera, el secreto de todas las imágenes, el elixir de todos los silencios, el molde de todas las formas y la esencia de todos los colores.
Fleet Foxes, la música de un lienzo
Dicen que si miras con atención esta pintura encontrarás 100 proverbios holandeses de la época en la que fue pintada. Era 1559 y su autor Pieter Brueghel el Viejo, un artista renacentista algo barroco, poco se imaginaba que en el 2008 unos veinteañeros de Seattle, Fleet Foxes, iban a usar su obra como portada de un tremendo debut musical, el mejor en muchos años dentro del panorama mundial (que se dice).
Fleet Foxes, el disco, nos hubiera venido de perlas a Anna y a mi para ponerle fondo sonoro al PAISAJE EN EL DIVÁN, próximo documental de El Escarabajo Verde que se emite este domingo 9 al mediodía. Pero descubrimos tarde su folk lánguido y ensoñador, coronado de oníricas armonías muy al estilo de los Beach Boys más celestiales... “pero sin playa” como algún amigo nos ha soplado por ahí.
Escuchad por ejemplo White Winter Hymnal y veréis como casa perfectamente la música con la ambientación pictórica, y como ésta trasciende los cánticos religiosos que normalmente suelen acompañar a cualquier película o serie situada en los siglos del Renacimiento. El video clip de la canción también parece beber un poco del universo Brueghel, ¿verdad?.
Como casi siempre, en Wikipedia tenéis un análisis colosal sobre el cuadro en cuestión: "Netherlandish Proverbs". Tan apasionante es su lectura como las explicaciones a cámara de Alejandro Vergara, conservador del Museo del Prado, y experto en pintores flamencos. Él nos habla sobre otra estrella de la pintura, Joachim Patinir, el "inventor" oficial del paisaje en la pintura contemporánea.
De eso y de mucho más va nuestro documental. Seguro que os gusta.
