10 Nov 2009
POSTRELATO XI: Recuerda ...
Enhorabuena a Carlos, ganador del Postrelato X, el menos concurrido de todos los que hemos propuesto (incluyendo la primera temporada) pero no por ello exento de calidad que, eso sí, siempre lo conseguís. Por lo demás, atendiendo a quejas y sugerencias varias, estamos intentando actualizar los podcast para que aquellos que nos seguís por la Internet no perdáis ni un programa, que para eso estamos.
Ahora sí, os proponemos el inicio de un nuevo postrelato:
Cuando recobró el sentido, no sabía dónde estaba ni quiénes éramos nosotros...
Esperamos vuestras continuaciones en este blog y, como siempre, resolvemos el concurso el Lunes. Suerte y ¡¡¡a postrelatear!!!

27 comentarios · Escribe aquí tu comentario
Matilde Cortijo Otero dijo
Buenos días:
Por favor, pueden indicarme a que dirección debo de enviar mis relatos?....existen algunas bases?...
Gracias anticipadas por la atencion prestada. Atte.,
Matilde Cortijo
mixetlahui dijo
Este sin sentido es el mezcal, sí, ese de la botella sin gusano, porque tal y como me explicó Nélida con gusano no permiten exportarlo, esas cosas de las aduanas y la policía sanitaria... Este no tenerme en pié es el mezcal y estos que me preguntan y me quieren levantar no son gusanos de maguey, aunque son tan molestos con su solicitud auxiliadora que quizás son demonios del palenque ... Todo gira como pinche tornado, todos me pretenden como calacas de verbena... A duras penas me incorporo, mi equilibrio es trastabillante, un güero de risa lambiscona me ofrece una botella. Aunque mi vista es una nebulosa sin planetas veo un gusano que bucea en el zumo fermentado. El gúero me guiña su ojo vidrioso,es un charco espeso de vicio, "la mordida es poderosa", dice como si cantara un corrido de Sinaloa. Aunque el vómito me sacude, engullo mezcal, bebo como un poseso, trago como si Malcolm Lowry me jaleara desde el cielo de los saqueadores de la cordura, y entonces el pendejo del güero se esfuma como volutas de cigarro, y por más que luego me contaron que caí como muerto, que me creyeron cadáver, que no reaccionaba en la ambulancia, yo sé que pasé la noche chillando rancheras con Lila Downs y los gusanos del público pedían más y más...
el saqueador de pecios celestiales dijo
¿Eres Dios? ¿Eres Groucho? ¿No serás Cantinflas? !Tú eres John Lennon! Así iba preguntando y definiendo el tipo que acababa de abrir los ojos. Pero antes de que los que le rodeaban respondieran, él negaba violentamente con la cabeza y mandaba todo al carajo, escupiendo rabia, blasfemando como loco. Su cuerpo estaba espasmódico, sus convulsiones eran latigazos de una furia que nadie atinaba a esclarecer. Todos eran amigos del amnésico, habían sido testigos de su desvanecimiento y sus minutos de letargo ciego, pero ahora se alejaban de su virulento despertar. Y el resucitado sin memoria seguía dando miedo, y sus sacudidas desvariadas seguían provocando retrocesos asustados. ¿Tú eres Obama? ¿Mendel? ¿Darwin eres? Seguía interrogando las identidades de los que evitaban su rabia, y su desenfreno no se atenuaba. Se ha vuelto majara, estaban de acuerdo los espantados, se volvió chalado, repetían desde su acobardamiento en un coro de temblores. Indicándose con gestos y una complicidad colectiva se abalanzaron al unísono sobre el tarambana y lo atenazaron contra el suelo, inmovilizado tras un forcejeo transpirado. "Por fin la cordura había reprimido al insensato. Ahora Rasputín, pídenos perdón por no recordar que somos la cohorte de serafines del séptimo cielo...", le increparon los raptores con la indignacón roja como cresta de gallo.
Juan Pérez dijo
Cuando recobró el sentido, no sabía dónde estaba ni quiénes éramos nosotros..
Supongo que se sorprendió al ver nuestras cabezas flotando sobre la suya, bajo un techo negro repleto de puntos centelleantes. Se incorporó inquietante. Parecía asustado y confuso. No le dijimos nada, no sabíamos qué decirle.
Paseó su mirada por nuestros rostros y luego se fijó en el lago negro. Flotando allí, sobre las aguas tranquilas, había camas y almohadas. El bosque de árboles de colores que vio a su alrededor le debió parecer más extraño incluso que nuestra presencia en aquel lugar. Las estrellas parpadeaban como luces en un árbol de navidad. Nosotros le miramos atentamente. Cada movimiento que hacía denotaba preocupación y nerviosismo. No estaba cómodo. Creo que le molestaba nuestra presencia. No quería que le mirarámos fijamente. No nos dijo nada, aun así.
Había una hoguera de fuego verde que elevaba al cielo nocturno una hilera grisácea de humo serpenteante. Las cenizas negras chispeaban. Era la única luz que teníamos, la Luna azul hacía tiempo que había desaparecido del cielo oscuro. Nosotros estábamos acostumbrados. Hacía tiempo que no amanecía. Nuestro nuevo compañero no dejaba de dar vueltas en círculos. Se acercó al tronco de un árbol y lo tocó. "Es real..." murmuró. Se acercó a la orilla del lago y tocó el agua. "Es real..." repitió. Intentó tocar el fuego de la hoguera, pero apartó la mano rápidamente. Era real también. Todo era real, pero imposible. Los pájaros de colores apoyados en ese bosque de arcoiris, las camas flotantes del lago negro, el fuego de color verde, el cielo sin Luna azul...
Cuando nos acercamos a él, se apartó rápidamente. Se alejó unos metros y nos gritó algo. Le intentamos disuadir, pero asustado corrió hacia atrás, hacia el bosque.
Allí se alimentó de las tostadas que colgaban de las ramas, y quizás durmió en algunas de las cuevas gigantes de los troncos marrones... el caso es que regresó a los pocos días. Había crecido una barba amarilla en su mentón, estaba agotado. Se sentó junto al inconsumible fuego verde de la hoguera y no dijo nada. Nos miraba transmitiendo tristeza, soledad.
Una noche nos giramos al escuchar un sonido detrás nuestro, un timbre molesto sonaba de forma aturdidora. Parecía una alarma. Al volvernos él ya no estaba, debió despertar, porque no volvimos a verle. Había desaparecido, al igual que tantos otros antes.
Y allí nos quedamos otra vez, solos, mirando la hoguera verde, sin hablar, observando las camas flotantes, esperando a despertar también algún día...
Antonio dijo
Me sumo a las preguntas de la chica de arriba:
Hay alguna extensión máxima o mínima de los relatos??
¿Deben escribirse a la dirección del correo electrónico??
Gracias anticipadas por la información.
Se les saluda.
El Postre dijo
A Matilde, Antonio e interesados:
Primero: la dirección de envío preferida es ésta (la del blog) porque siempre terminan publicándose en esta página y así nos resulta más directo y ordenado.
Segundo: la extensión determinada en principio era de 90 líneas pero el formato radiofónico y el tiempo de lectura nos obliga a seleccionar, preferiblemente, relatos cortitos. ¿Cuánto es corto?, pasaros por otros postrelatos y los ganadores y. más o menos, se pilla enseguida.
Tercero: regalamos libros que están entre nuestras lecturas recomendadas y que aparecen en el programa.
Nada más, de momento ... Suerte.
perfida dijo
Clavó su pupila sobre la mirada perdida de su ser amado, ya no era la misma.
El tiempo había pasado las lágrimas por la ausencia de reconocimiento habían carcomido su estado anímico, el sabía que tenía el don, y él sabía que lo tenía pero nada hubo que hacer.
El paso del tiempo clavó alfileres de dolor él incapaz de mostrarse por egoísmo por un miedo férreo a lo desconocido, dejó pasar la oportunidad de su vida de ser pleno con alguien.
Y esa persona enfermó de las calumnias envidias y amor no correspondido.En un pozo se hallaban los gritos de angustia callados, las horas de rabia, de injusticia , de dolor e incomprensión, después más tarde aunque sabe que fue su verdadero amor , olvidó donde le conocio , con quien iba, que frecuentaba, que conversación tuvo, como iba vestido aquellas palabras que quedaron impresas en el tiempo como hojas caducas en el viento que la estela del amancer se lleva.
Eduardo dijo
Cuando recobró el sentido, no sabía dónde estaba ni quiénes éramos nosotros... se tocó la cabeza y la sintió grande, muy grande, el doble de grande que la de los demás. Decidió que ya que pensaba el doble que los demás se volvería autista y serían sus pensamientos dos veces mejores que la de la mayoría de la gente.
Nosotros le mirábamos con admiración y no decíamos nada.
De repente dijo: yo soy el dictador de la paz.
A nosotros nos pareció muy bien.
A partir de entonces su fama fue creciendo mucho. Su cabeza no crecía.
Parece ser que convenció a todo el mundo, literalmente todo el mundo, es decir a todas las personas de la tierra, de que no había que hacer más guerras. Parece mentira lo que puede llegar a conseguir una inteligencia superior.
Tomás Redondo dijo
El mundo se le presentaba como a un recién nacido. Miro lentamente, en su cara se mostraban la confusión y la extrañeza. Nosotros éramos un puñado de personas enfundadas en unos vestidos blancos y unos recién llegados con ojos como platos. Nos miro a cada uno de nosotros, fijando la mirada, intentando reconocer. Miró a su alrededor, todo le parecía desconocido, nuevo. Sus labios y su boca estaban enrojecidos con un ardiente dolor que manaba de algunos brotes de sangre caliente y muy densa. Intentaba pensar, sus pensamientos no conseguían construir nada complejo, lógico, ordenado. “¿Quiénes sois? ¿Donde estoy? ¿Que es esto? ¿Me habéis abducido?” El silencio seguía acomodándose en la estancia. Entre nosotros nos mirábamos con señales de interrogación. Finalmente, uno se los señores de blanco, se le acerco despacio, con un cariño contenido le dijo con un tono suave: “No te pongas nervioso. Acabas de sufrir una crisis epiléptica. Estos que ves aquí son tus hermanos y padres” “¡Joder!”, exclamó, y lo entendió todo. Su mirada, aun vidriosa, descolocada, se fijaba en aquellos que eran sus seres queridos. Esforzándose, recordó nombres y relaciones paréntales. Se levantó del sillón de su casa y acompañado por los señores de blanco entró en un platillo volante lleno de luces que le dirigió al Hospital.
Alejandro Ruiz dijo
Cuando recobró el sentido, no reconició a nadie y no sabía que todavía estaba en la casa.
En el páramo había una sola casa.
Un hombre y un mujer discutieron porque de ella nacería un hijo que vivirá también en la casa del páramo.
Sus otros hijos jugaban con un perro en el páramo, junto a la casa.
La mujer parió a una niña muy pequeña y el hombre pasaba todo el día lejos de la casa del páramo, trabajando.
La comida no era suficiente para la madre y su leche tampoco lo era para su hija.
El hombre enterró a la niña a pocos metros de la casa del páramo.
El perro escarbó la tierra buscando el cadáver.
Alvaro Medina dijo
Su aturdimiento era desgarrador, no sólo era que a nosotros que hasta entonces habíamos estado conversando sobre nuestras últimas andanzas, nos ignorase, sino que nos huía, aterrorizado, espantado de nuestra presencia. Intentamos tranquilizarle, le reiteramos nuestros nombres, los tiempos de colegio mayor. Le recordamos nuestras vacaciones compartidas, las borracheras antológicas cuando celebramos la licenciatura... Todas las reminiscencias eran inútiles, el susto no sólo no se atenuaba sino que se acrecentaba, y con el aumento del pánico su fuerza se transformaba en desvarío destructivo, en beligerancia homicida. De repente Esteban gritó, y su angustia estaba llena de sangre. No podía creer lo que veía, el que se había reunido con nosotros para rememorar y brindar con la alegría del reencuentro, estaba mordiendo como un lobo enloquecido a Esteban, y sus ojos de histeria rabiosa brillaban con el fulgor del exterminio. A continuación fue Ariel el que sufrió la embestida, y la sangre que saltó del surtidor de su cuello me llenó el rostro. Un sabor de horror llenó mi boca y sin poder contenerme expulsé una ráfaga de vómito amarillo. Como en una pesadilla iban cayendo todos bajo las fauces del irreconocible. La habitación era un inventario de miembros amputados, coágulos que se deslizaban como lombrices por la paredes, huesos descoyuntados con aristas deformadas, alaridos más afilados que dagas.... Me pareció advertir, la confusión me convertía la percepción en latidos difusos, que los demás o habían sucumbido a los mordiscos y arremetidas, o bien agonizaban en medio de charcos en donde las sangres confluían como en un estuario de dolor sin matices. Sólo quedaba yo en pie, y eso que algún día creí un amigo. Sólo quedaba yo y..., el recuerdo fue como el bisturí que disecciona y divide cabal dejando la claridad en su estela. Recordé, y el sollozo que fluyó con la memoria no obtuvo ningún consuelo. Todos eran cadáveres, y yo, ya solo con la muerte, supe con impotente certeza que el monstruo era yo. Ese monstruo que creí ajeno decidió escapar. Cuando llegué a la calle el pueblo reunido y alborozado me recibió con una agradecida ovación.
Caperucita floja dijo
Cuando recobró el sentido, no sabía dónde estaba ni quiénes éramos nosotros...
Había regresado de un intenso viaje. No supo decir si por mar, por tierra o por aire. No supo describir nada. Todo lo que vio, todo lo que hubiese podido sentir, se lo guardó para sí. Había sufrido una metamorfosis, es lo único que nos dejó percibir.
Desde entonces me encantaba perderme en sus miradas. El abuelo nunca había sido tan interesante como lo fue entonces. Callado, misterioso, ausente...Extraterrestre. Me pasaba las tardes de lluvia nadando en esos agujeros negros que constituían sus ojos. Me dejaba absorber por ellos y pasaban las horas. Me preguntaba qué galaxias habría visitado. Imaginaba mil explicaciones para el misterio de aquella vista enfocada al infinito. Cuando Mamá nos obligaba a dejar la residencia siempre me resistía. Nunca disfruté tanto del silencio como en aquellas tardes de domingo con el abuelo. Nunca pude volver a apreciarlo como entonces. Hay lecciones que, una vez aprendidas, dejan un daño irreparable: el abuelo no fue abducido, todo había sido un infarto cerebral.
Jens Gerl dijo
Cuando recobró el sentido, no sabía dónde estaba ni quiénes éramos nosotros. Ahí estaba, tirado en el asfalto. Nos miró con una cara de entre incrédulo y asustado. Nosotros, mientras tanto, nos alegramos de que seguía con vida. Había poca sangre. La moto se había ido al garete, pero él estaba bastante entero. Lo demás no tenía importancia por ahora. Después de la leche que se pegó en la subida empinada en la carretera al puerto de “las Palomas” de la Sierra de Carzola le llevamos al hospital.
En la sala de espera discutimos sobre quién tenía la culpa de la desgracia. La peña estaba dividida y asustada. Él quería ser el primero en la subida y siempre iba por delante de nosotros acelerando al máximo hasta...
Hasta que se encontró con una de estas curvas endiabladas que empiezan anchas y que se cierran progresivamente sin tener visibilidad en la ascensión. Había entre nosotros los que ya conocían la ruta y sus curvas engañosas. Intentaron hacerle señales, pero no hizo caso. De repente desapareció en un precipicio a la salida de la curva maldita por la velocidad exagerada que llevaba. Casi le seguimos por puro susto e inercia hacia el abismo.
Paramos en seco. Bajamos corriendo a la cuneta donde yacía y le subimos a la carretera donde abrió los ojos, respiraba, estaba vivo, y esto era lo que importaba.
Luego siguió sin acordarse. Era uno de los nuestros. La peña estaba muy unida. Le visitamos regularmente en el hospital durante semanas, meses... Parecía que se acostumbró con el tiempo a nosotros y al lugar donde permaneció, pero seguía siempre con esta cara de incrédulo y asustado. No hablaba entonces.
Se recuperó. Salió del hospital. Volvió a montar la moto y de salir con nosotros. Estábamos pletóricos. La fiesta seguía, o esto era lo que creíamos en un principio...
Volvió a hablar, aunque poco (nos habían avisado los médicos), así que intentamos ignorar los hechos. Aún así, en contra de toda buena voluntad, con el tiempo nos dimos cuenta de que ya no era el de siempre, que había cambiado de personalidad, que era otro.
Seguía conduciendo rápido, más rápido que nadie, incluso más rápido que en sus tiempos de antes del accidente. Nadie le seguía ya en las excursiones. Consiguió que nos quedamos mudos ¡mudos nosotros! ¡La peña más cachonda de toda la comarca! No supimos ya de festejar la llegada a un puerto difícil pero hermoso, con toda la comida y cerveza que esto significaba. Hasta que algunos empezaron santificarse al llegar a la meta sin accidente (cosa nunca vista entre los conductores de Harley Davidson).
Pasó lo que tuvo que pasar. Un día desapareció de nuestro campo visual acelerando como un demonio en una curva cualquiera para no volver aparecer más...
Paramos y buscamos. Silenciosos...
Ahí se quedó. No lo encontramos. Desde entonces no nos hemos vuelto a reunir...
mcrm dijo
cuando recobró el sentido, no recordaba quien era, donde estaba ni quienes éramos nosotros.
Si en ese momento hubiera preguntado por cual era su identidad, una pregunta a priori tan simple y directa, nos hubiera sido complicado darle una respuesta de fácil comprensión. Quizás ni nosotros mismos la conociéramos o más bien nunca tuvimos la certeza de tener que proporcionársela.
Seguirá siendo válida aquella identidad que poseía hace más de veinte años y que en virtud del experimento había quedado en suspenso todo ese tiempo, o por el contrario era más suya la que en aras del rigor científico se le había proporcionado en forma de código alfanumérico.
Antes había sido un ser humano corriente, anodino incluso, hasta que la falta de ataduras emocionales y la certeza de que la enfermedad, incurable por aquel entonces, acabaría con su vida, le empujó a ser uno de los sujetos voluntarios en nuestro polémico experimento.
Una vez entregado su cuerpo a la ciencia, dejó éste de regirse por valores humanos y se convirtió en un conjunto de variables, parámetros, escalas, que debíamos medir, vigilar y observar constantemente. Seguramente nunca durante su vida consciente había disfrutado de tanta atención concentrada en su persona. A medida que transcurrían los años, esa atención se había incrementado conforme otros sujetos se volvían irrecuperables o se fracasaba en su reversión hacia un estado vital. De cada error habíamos extraído las correspondientes lecciones, para aplicar en el siguiente caso, pues no sólo eran importantes las vidas de los sujetos, sino que el prestigio de los científicos que participábamos y del experimento mismo estaba en serio riesgo.
Este primer triunfo no había cogido completamente por sorpresa y nos arrojaba multitud de nuevos interrogantes. Estaría su cerebro afectado, sería capaz de conservar recuerdos de esa vida anterior y si los tuviera, como se enfrentaría al cambio que se había producido en el mundo durante ese tiempo. Esas preguntas no tardarían en encontrar sus correspondientes respuestas, pero mientras simplemente nos mirábamos con idéntica expresión de perplejidad.
Lea Mara dijo
Cuando recobró el sentido, no sabía dónde estaba, ni quienes éramos nosotros. Quizás aquella dosis había sido demasiado. En todo caso a mi me había sentado bien, muy bien, tanto, que al verla en ese estado de inconsciencia me habían entrado unas ganas insaciables de besarla y acariciar su pelo liso y dejado. Me miró y sonrió con un gesto de complicidad, como si hubiera sido conmigo con quien había compartido su viaje. Con esa sensación de fantasías cruzadas cogí mi chupa y volví a casa.
Dani me llamó al día siguiente, no se acordaba de nada. Me dijo de volver esa tarde, y acepté. Decidí llevar algo más fuerte esta vez, y una vez conseguida las dosis que estimé oportunas tomé el camino hacia su casa. Sus padres estaban fuera unos días y ella no desperdiciaba ni una ocasión para organizar las sesiones en un sitio más confortable que de costumbre. Parece que se alegró al verme de nuevo, sabía que era yo el que me encargaba del material por lo que no dejé que ese gesto me afectara, aunque no puedo negar que ese tipo de poder que ejercía sobre ella me excitaba. Me acompañó hasta el baño donde, con la ayuda de los numerosos elementos allí presentes que me hacían referencia a ella, pude terminar con el calentón que me había provocado verla. Al volver, descubrí que su impaciencia y ansiedad le habían llevado a probar la mercancía, quizá sin mucha medida. Cuando llegó el resto la fiesta había acabado. Ahora pienso en todo lo que pasó y no siento nada, ni pena, ni culpa, nada. Sólo espero volver a encontrarme con ella en alguno de mis viajes.
Matilde Cortijo dijo
Cuando recobró el sentido, no sabía dónde estaba ni quienes éramos.....era difícil de explicar por los hechos acontecidos y los años transcurridos. Salió del coma a los 80 años de haber entrado en él. Increíblemente había ido resistiendo con el paso de los años. Sus padres hacía décadas que habían muerto. Primero su madre, murió de pena pero optimista al mismo tiempo, su hijo había resistido en el transcurso de los años y sabía que algún día regresaría a la vida y saldría de su sueño profundo. Su padre durante bastante tiempo, intentó por todos los medios buscar una pareja o matrimonio que se hiciera cargo de Antonio para cuando despertarse. Así en su incesante búsqueda, logró al fin que adoptaran a su niño en coma.
Nunca antes había sucedido, médicos, científicos, biólogos estudiaban el caso de Antonio. A sus 11 años, tras una caída de un columpio, perdió el conocimiento y entró en coma profundo. Era como si estuviese congelado, algo mágico pasaba con él, ¡¡¡¡estaba inmortalizado!!!!!!.
Antonio, abrió los ojos y a su lado, en la cama, estaban sus nuevos padres adoptivos, con su edad era demasiado complicado explicarle todo lo que había pasado en todos esos años. Cuando por fin salió a la calle, entonces empezó a creer toda la historia que le habían contado (habían sido muchos meses de explicaciones). Era increíble –decía Antonio- carreteras, semáforos, multitud de gente corriendo por las calles, coches espectaculares, edificios altísimos, juguetes inimaginables, teléfonos móviles. Así empezó su nueva etapa en la vida.
La ciencia, todavía sigue estudiando el caso de Antonio. Quizás la fuerza interior de su madre, que tantas veces le susurraba al oído, tienes que vivir...tienes que vivir...fuera una de las principales causas de su conservación.
Todavía Antonio a sus 33 años, al levantarse, piensa en sus padres todos los días, los siente como si estuviesen a su lado en cada momento. Sus almas le rodean. Lo presiente, lo siente......
Carlos dijo
"Cuando recobró el sentido, no sabía dónde estaba ni quiénes éramos nosotros." La sábana se deslizó por su cuerpo, imitando el sonido de las olas cuando lamen la orilla. Completamente desnuda, más allá del cuerpo, apoyó sus pies sobre el suelo. El frío transmitido por el mármol erizó sus pequeños pezones. Se abrazó a sí misma y pude escuchar su gélido suspiro en la oscuridad de la habitación.
Caminó hacia la ventana, todavía envuelta por sus brazos, y levantó, apesadumbrada, la persiana. Los rayos del sol se arrastraban, fugitivos, por las rendijas, hasta que, una vez alzada en su totalidad, tuvo lugar el gran espectáculo. La luz rodeó su pálida figura, acariciando cada rincón, cada poro de piel, y ella estiró sus brazos, como si se dispusiera a arrancar el vuelo. Las alas tatuadas en su espalda tomaron una tonalidad incandescente. Juraría que incluso llegaron a moverse.
Se giró hacia mi posición y me dedicó una sonrisa burlona. Anduvo de puntillas hasta el borde de la cama, posó las manos sobre mis tobillos y comenzó a gatear, buscando mi rostro mientras dejaba besos perdidos por toda mi anatomía. Finalmente conquistó mi boca y mi lengua, introdujo mi ser en su ser e hicimos el amor. Follamos en cada rincón del cuarto, siguiendo el halo de luz que atravesaba el vidrio de la ventana.
Acabamos abrazados, exhaustos, las espaldas contra la pared. Acercó su boca a mi oído y susurró:
- ¿Me darás un nombre?
Reí, reí a carcajadas como hacen los niños. La besé en la frente.
- Sí, Hattyú. Hattyú será tu nombre.
Anónimo dijo
Cuando recobró el sentido, no sabía dónde estaba ni quiénes éramos nosotros, era la sexta vez q
María dijo
Cuando recobró el sentido, no sabía dónde estaba ni quiénes éramos nosotros.
-Ya te dije que ésto de la hipnosis no era buena idea- Susurré entre dientes -Y ahora qué hacemos, eh?
El inigualable profesor No-lo, con su turbante de falsa seda púrpura y su capa hecha con una polvorienta colcha adamascada de su abuela, echó un rápido vistazo al manual que escondía tras los cortinajes de rojo terciopelo raído, y, decidido a no renunciar a la recaudación de la tarde, dijo así:
-Damas y caballeros, que no cunda el pánico. Como pueden apreciar, nuestra valiente voluntaria está mostrando los claros síntomas de lo que se conoce como “pérdida del rapport”. En ocasiones, durante la fase inicial de la hipnosis, algunas personas presentan más dificultad que otras a la hora de alcanzar un estado óptimo de relajación, y despiertan de una manera brusca que puede producir una cierta confusión. Sin embargo...
Mientras continuaba con sus explicaciones, perlando su frente en sudor por momentos , tomó la mano derecha de la mujer y, con su dedo índice, comenzó a masajear la base de la muñeca. El público vio no sin asombro cómo la joven dejaba de gimotear y temblar de inmediato y se sumía en un sueño profundo nuevamente.
El espectáculo continuó como estaba previsto, ante la atenta mirada no desprovista de preocupación de sus familiares, sentados en las primeras filas. Yo les observaba de reojo a cada momento, molesta por el picor de las medias y la opresión del corsé, sintiendo cómo una de las pestañas postizas empezaba a despegarse, y preguntándome en todo momento qué estaba haciendo exactamente yo allí.
La mujer cacareó como un gallo, saltó a la pata coja mientras recitaba el abecedario al revés, y adivinó cuántas palomas había dentro de una jaula sin abrir los ojos ni despertar en ningún momento.
-Tres, dos, uno...despierta.
-Manolo? Manolo, eres tú? Y qué diantre haces con mi colcha de novia sobre los hombros?
Otra demanda más. Es que no aprende. Podíamos haber abierto una panadería, una mercería o un bar. En qué hora heredó la dichosa sala de magia. Me pongo el abrigo sin ni siquiera cambiarme y echo el cierre sin mucho convencimiento, porque realmente no hay nada que nos puedan robar. Arranco el motor y, mientras me alejo, aún puedo ver por el retrovisor el cartel que reza: "Sala de magia No-Lo. Espiritismo. Mentalismo". Dichosa herencia. Dichosas medias de poliéster. Dichoso espíritu de la abuela.
María
RuedaCentripeto dijo
Cuando recobró el sentido, no sabía dónde estaba ni quiénes éramos nosotros...
Despertó con un pie sobre la nada vertiginosa de una de las dos vidas, girando los ojos en difícil búsqueda de ese rodamiento y tornillo que permiten enlazar mundos espasmódicos que giran evitando tocarse, como serpientes en mitológica lucha,...
Sujetando sus dos esencias indómitas, ella, ausente de su propia acción vital, vivía construyendo imaginada conexión, … allí,... absorta,... paseando por su carreterita parcheada mientras bloques de piedra perfectamente cortados se enganchaban a su retina inundándolo todo, absolutos y completos, innegables y definitivos bloques, protagonistas de su única realidad posible... Se estrellaban contra sus poros hasta dolerle el sentir,...
_ Oye, oye” caminas, niña sin caminar.
Allí, alejada sobre un cable a mil metros del suelo completamente quieta, incomunicada, plasmada entre los segundos de un instante infinito, se significaba en parálisis vital, y evidente era el surco que iba dejando el encharcado dolor de la entumecida acción. Cierto es que es imposible vivir paralizado y absorto, salvo que dispongas de “cofraderos” que cuiden de tu cuerpo, por lo que salir es vital, trasladar el interior, expresar y comunicar, ejercer, desempeñar... ¿Cómo?, ¿cómo de manera constante y cotidiana?, viable, posible, aceptable; porque siempre ella fue fiel a esa actitud-aspersor, lanzando a presión fugaces abrazos, encuentros de chispa, besando espontáneos palpares. Caminar amando. Amando, desubicada, pero feliz.
_ temo tu furia de pisares”
Aquella dejó el improductivo y deleitoso amor de un interno y sincero sentir, posiblemente más humano que el solicitado por la sociedad, para cada mañana, cada día, repasar las labores, la subsistencia... era otro mundo dinámico pero impersonal, en el que la destreza de su último y sencillo acto quedaba descompuesta y vacía de significado, escurrida sobre un ordenador, paño en apretado giro.
Y fue entonces cuando los acústicos emblemas de berrido y claxon rajaron el terso engaño, en el que la contradicción se hace evidente, como el descubrimiento de esa lineal y estructurada pureza de conceptos que nos imprimen como a vacas al nacer, en un intento de domesticar el alma...
Agolpada toda la verdad en embotellamiento de vertido vértigo y aullando los ecos implorantes de las sorbidas tristezas, reventaba la valiente amnistía al vacío interior para fortalecer la conexión continua. Pues es el vértigo lo que inunda con fuerza la intención, y así los despertares llegan en los días de lluvia, cuando ablanda la mezcla buscando el nivel para que, saboreando el lamento, se dé esa combustión que lo consume.
Tati Galiano dijo
Cuando recobró el sentido, no sabía dónde estaba ni quiénes éramos nosotros. Ni siquiera preguntó por ti que es lo primero que hace cuando vamos a verla, ya lo sabes. Esta vez algo se me rompió por dentro y tuve que ir al cuarto de baño para secarme las lágrimas. Cuando regresé Ana y Luís la habían recostado en el sofá y mamá se recomponía el pelo con ese gesto suyo que le confirma que todo está en su sitio. Es coqueta hasta en los peores momentos. Me pidió un vaso de agua y me llamó Amalia. La tía Amalia, su hermana. Creía que estaba en casa de los abuelos y yo era su hermana.
Antes me esforzaba por aclararle las cosas, que la casa es la suya, aquí en Madrid, que la tía Amalia se murió hace ya algunos años y que sus hijos éramos Antonio, Ana, Luís y yo. Entonces nos preguntaba ¿y Antonio cuando va a venir?. Pronto mamá, pronto, está deseando de venir a verte. Pero lo de hoy ha sido distinto, hoy he sentido que de alguna manera nos ha dejado y se ha instalado en su niñez definitivamente, su casa, sus hermanos, sus padres. Incluso su mirada es distinta, se ha dulcificado, parece haber olvidado las penas que arrastraba.
Querido hermano, como me gustaría que estuvieras aquí y poder apoyarme en ti. Siento que mamá ha tomado un tren rápido hacia otro lugar y nos ha dejado aquí desvalidos. Ha cambiado su mirada, ya no mira al futuro, a tu regreso. Hoy ya se ha instalado definitivamente en el pasado, en el que nosotros aún no estamos.
Ahora soy yo la que pregunta por ti y espero tu regreso. No tardes.
Tu hermana que te quiere
Elena
Galo dijo
Cuando recobró el sentido, no sabía dónde estaba ni quiénes éramos nosotros. Esta vez tenía el pulgar metido en la boca y se había orinado en los pantalones. La verdad, no sé cómo podía escapar de esa ratonera. Las paredes eran gruesas, no había signos de haber forzado la cerradura ni ventilación por donde pudiera haberse escabullido. Yo mismo me encargaba personalmente de vigilarle. Ahora le conozco como si le hubiese parido, pero entonces no sabía que estaba haciendo el show. Ese fue el primero de los sustos que nos dio. Todo estaba meticulosamente pensado, cero improvisación, seguía un estricto guión. En las horas muertas que pasaba en su celda, a veces semanas enteras, tramaba planes para intentar volvernos locos a nosotros y de paso ejercitar su cerebro. El hombre sabía que era inútil pero necesitaba salir de allí, aunque sólo fuese en un viaje mental, y no se le ocurrió mejor manera que fingir haber sido abducido por un OVNI. Hasta ocho veces repitió la misma faena y nosotros nos creíamos como tontos que el pobrecito estaba enfermo. Desaparecía sin avisar ni dejar huella durante dos o tres largos días que pasábamos en vilo. Por supuesto, no íbamos a llamar a la policía, no queremos problemas aquí. No había nada que temer pues si llegaba al pueblo más cercano, cosa prácticamente imposible, y se lo contaba al sheriff le tomaría por loco. En ese sentido estábamos tranquilos, pero lo que nos pateaba el culo era perder el tiempo jugando al escondite con ese chalado. Pensábamos que había perdido el juicio definitivamente a consecuencia de los experimentos con electroshocks que hicimos con él, pero tenía que seguir manteniendo ambos pies en la tierra pues para conseguir engañarnos de esa manera el tipo debía estar muy lúcido. Cuando le daba la gana, siempre de madrugada, recibíamos una llamada desde un número oculto. Otra incógnita sin despejar, ¿de dónde sacaba el teléfono? Era él pidiendo socorro. Nunca nos decía exactamente dónde estaba, supuestamente no lo sabía, pero nos daba unas coordenadas aproximadas y nosotros teníamos que andar buscándole. Fuimos estúpidos por no darnos cuenta de que nos estaba toreando o dicho con otras palabras, de que tenía más cordura que todos nosotros juntos, hay que reconocerlo. Aun así no podía ir muy lejos con los ojos vendados y las manos atadas a los pies. Cuando le encontrábamos solía estar semidesnudo en el suelo, tiritando de frío y de miedo en posición fetal. Después de permanecer en un extraño trance señalaba al cielo (allí, lejos de la gran ciudad, se veía totalmente estrellado). Actuaba como si hubiese perdido la memoria y, a pesar de las torturas decía no recordar nada. Hoy nos ha llamado diciendo que cree que unos extraterrestres le han robado algunos órganos, no sabe cuales, pero según él tiene el cuerpo lleno de cicatrices y no para de vomitar sangre. Sintiéndolo mucho, no nos queda paciencia y, nos ha obligado, vamos a matarle, lentamente, para compensar el daño que nos ha causado el condenado. Ya no nos es útil, se ha reído de nosotros, de sus secuestradores y va a pagar por ello. A ver de qué le sirve ahora ser más listo que el hambre. Estamos esperándole, hemos salido al descampado donde nos ha dicho que esperemos. Un momento, ¿qué es eso? Debe ser una estrella fugaz porque se mueve, ¿ves?. O un avión pero no tiene pinta. Cuántas luces intermitentes, qué bonito. ¡Mirad!, ¿lo veis? Espera, ¡viene hacia aquí! No puede ser... ¿es él? ¡Al suelo! ¡Un ovni!
Cuando recobré el sentido, no sabía dónde estaba ni quién era yo, ni quienes eran esos mutantes humanoides, ni que hacía tumbado en una camilla con una luz blanca alumbrandome el pecho...
Maca dijo
Cuando recobró el sentido, no sabía dónde estaba ni quiénes éramos nosotros, tal y como lo habíamos previsto. Estaba sumergido en olvido absoluto. Yo me sentí muy aliviada. Le contamos que estábamos a punto de celebrar el día más importante de su vida, cuando, inesperádamente perdió el sentido y estuvo dormido durante dos días.
Por supuesto lo habíamos preparado todo a la perfección, teniendo en cuenta todos los detalles, incluso las felicitaciones de amigos y parientes.
A las siete en punto de la tarde de ese mismo día nos sentamos en el juzgado, acompañados de mis dos testigos.
Han pasado tres años desde la boda. Tres años en los que cada día tenía que inventarme su vida para que creyese que yo siempre había estado en su memoria, y que no era una desconocida, enamorada de él desde el otro lado del andén. Tuve que reconstruir tantas vidas en conjunto... tantos momentos y lugares, que acabé por olvidarme de mi propia vida, la del otro lado de las vías.
Hoy me he inyectado la misma dosis que le pinché cuando le secuestramos. Y dentro de dos días él tendra que contarme quién es y quién soy yo. Tal vez así la vida sea más fácil. Una vida que nunca existió y que ambos viviremos como si siempre hubiera existido.
¿No es el colmo de la felicidad?
Hasta siempre memoria, adiós pasado.
Cuando recobró el sentido, no sabía dónde estaba ni quién era yo, llevaba dos días dormida. Entonces se me ocurrió contarle que la había encontrado tirada en el andén del metro...
Maca dijo
no veo mi postrelato!
Hadriano dijo
Cuando recobró el sentido, no sabía dónde estaba ni quiénes éramos nosotros...
Nos miró fijamente dibujó una fugaz sonrisa de cortesía y se dio media vuelta como avergonzada acurrucándose en el sofá e intentando taparse con la manta térmica que le habíamos tendido. Los tres nos miramos sin decir una palabra. Cuando estaba en la academia me fascinaba el sentimiento de heroicidad que tenía el salvamento y dar auxilio. Ahora tras cinco años de trabajo no me siento un héroe para nada. Más bien, me he convertido en una especie de detective y lo que me fascina es el qué habría pasado antes de que el equipo de rescate llegara, y qué pasa por la cabeza de las personas a las que rescatamos.
Tras un par de minutos Verónica que es la médico del equipo se acercó a ella y de forma delicada intentó deshacer el ovillo en el que se había convertido nuestra auxiliada.
-Hola soy Verónica, médico de los servicios de emergencia. Puedes estar tranquila. Ya estás a salvo. ¿Cómo te llamas?
Su tono de voz y sus leves caricias en el hombro le hizo darse la vuelta y abrirse hacia nosotros.
Se incorporó, se sentó, nos miró fijamente…. Y tras un breve instante comenzó a llorar desconsoladamente.
-Tranquila, ya pasó todo, le dijo Verónica mientras la recogía en un abrazo maternal que ella agradecía.
Siempre he sentido un gran pudor al ver a la gente derrumbarse, por lo que sin hacer mucho ruido, decidí dar dos pasos hacia atrás e ir al cuarto de baño donde la habíamos encontrado 10 minutos antes tendida en el suelo.
El grifo de la ducha continuaba abierto, todo estaba muy desordenado, y yo quedé absorto viendo como el agua se deslizaba rápidamente por la mampara del cristal formando diferentes chorros que acababan escabulléndose por el desagüe. Cerré los ojos para concentrarme con el sonido monótono del agua de la ducha. Fue un instante dulce y sabroso del que me sacó la voz de Verónica que repetía mi nombre una y otra vez, su voz comenzó a hacerse más leve, a perderse en la lejanía. Ese estado de tranquilidad me embriagaba y al poco se convirtió en euforia. Estaba feliz y tenía ganas de gritar. No veía nada, no recuerdo imágenes de aquel momento.
Al poco comencé a oír cosas de nuevo, oí unas cortinas descorrerse, sentí un calor que me acariciaba y empecé a oír una voz que canturreaba alguna canción que me parecía familiar. El sentimiento de alegría y felicidad que tenía se fue desvaneciendo a medida que la luz volvía. Tras un instante cegador, vi a una señora que al mirarme salió corriendo gritando doctora, doctora!!!
matiz dijo
Sus ojos verdes pardos tenian una mirada negra, ensombrecida por el vacío..
Tay Gurú dijo
Cuando recobró el sentido, no sabía dónde estaba ni quiénes éramos nosotros. Parecía imposible que aquel antro pertrechado de textos y alcohol, dónde amasaba todo su magma literario, de repente, no significara nada para él.
Sólo era la cuarta vez veía a Eduardo Soto, escritor de fama entre la ponzoña poético-ebria, que invocaba a Kafka y a Lolita; sin embargo, había allí una jauría de perros, fieles a aquellos bailes de letras y litros de libros. El pasmo se estampaba en sus caras y sobre el barullo amigo de los idiotas, cayó un silencio infame y de presagio, cuando en un alarde de valentía, el anfitrión intentó beberse un litro de cerveza del tirón, fracasando irremediablemente.
Ante la mirada hosca, perdida, de aquel príncipe de las tinieblas, se desmoronaba el mundo con el estrépito de una incógnita y nadie hacía nada. Estábamos en su propia casa, derrochando las lecturas de su obra, borrachos de su whisky. De repente, una de las habituales trasnochistas, se le acercó:
- Soto… Soto… ¿Dónde te has dejado las palabras?
Soto buscó pistas en aquel rostro de bacante, extraviándose aún más. Su expresión lo decía todo, mientras todos callábamos.
- ¿No me reconoces? ¿Quién soy?
- ¿Tú? ¿Quién eres? – dijo indignado.
- ¡No sabe quién soy!- gritó como si interpretara una tragedia. Entonces, empezaron a deambularle cabezas que inquirían caóticamente: ¿Pero qué te pasa tío?, ¿Cómo estás?, ¿Un trago?, ¿Quién eres?, ¿Quién soy?...
- ¿Vosotros?... ¿Vosotros me preguntáis quién sois? ¿A caso eso, no deberíais saberlo vosotros mismos? Preguntadme, si queréis, qué es el dolor, o cómo sienta el sol de invierno. Preguntadme cómo se pregunta, si realmente queréis saber algo de uno mismo. ¿Vosotros? ¡Vosotros sois Samsa! Sois el oro del orín, sois unos ojos tan mudos, que no saben decir quién son.
Cuando terminó, nos miramos petrificados, los unos a los otros. Nos mirábamos las manos, las ropas. No nos reconocíamos a nosotros mismos y acabamos perdiendo el sentido y escribiendo.
Crónicas del callejón
Ricardo León, "El Turbio"
Crónicas del callejón Ricardo León, El Turbio
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