16 Mar 2010

La "Sinfonieta" de Franz Schreker

por Martín Llade el 16 Mar 2010 | URL Permanente

Presentamos a nuestros oyentes la primera grabación mundial de la Sinfonietta del austríaco Franz Schreker, una versión sinfónica de su sinfonía de cámara para 23 instrumentos solistas, encargada en 1916 por la Academia de Música Imperial de Viena, de la que Schreker era profesor de composición. Originalmente, la obra constaba de una insólita plantilla: once profesores en la sección de cuerda, siete en la de viento, además del piano, la celesta, el arpa, un armonio y la percusión. El propio Schreker, inseguro, se situaba al fondo de la sala durante los ensayos y preguntaba a los ejecutantes cómo les sonaba aquello.

Schreker empleó en la sinfonía materiales musicales de Die tönenden Sphären, ópera inacabada en la que había estado trabajando el año anterior. Su premisa argumental era una fantasía en torno a un final feliz de la Primera Guerra Mundial, que en esos momentos estaba teniendo lugar, y ello se deja sentir en el carácter evanescente y ensoñador, casi hipnótico, de la música, en ocasiones ensombrecida por algo terrible que el compositor únicamente deja presentir al oyente. Aunque la sinfonía presenta todavía un carácter fuertemente posromántico, la presencia de elementos como la politonalidad le confiere un aire muy moderno para su época.

Escucharemos la Sinfonietta interpretada por la Orquesta Filarmónica de Gran Canaria, a las órdenes de Pedro Halffter. Y después, les ofreceremos el 'Nocturno' del acto III de su obra maestra, la ópera 'Der Ferne Klang' ('El sonido lejano').

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02 Mar 2010

"Los israelitas en el desierto" de C.P.E. Bach

por Martín Llade el 02 Mar 2010 | URL Permanente

Carl Philip Emanuel Bach escribió el oratorio en dos partes Los israelitas en el desierto, entre 1768 y 1769, después de haber sucedido a Georg Philipp Telemann como director musical en Hamburgo.

La forma en la que Carl Philip Emanuel hizo su entrada en la escena musical hamburguesa es realmente llamativa: decidió escribir una obra sacra que no respondiera a ninguna confesión religiosa en concreto, de forma que no fuera rechazada ni por unos ni por otros, y que pudiera ser interpretada no sólo en ocasiones solemnes, sino en cualquier circunstancia, tanto dentro como fuera de una iglesia.

Sin duda alguna, Los israelistas en el desierto debe mucho en este sentido a los oratorios semi-seculares de Haendel. Por ello parte de un episodio del antiguo testamento, extraído de la historia de Moisés, con escenas corales que expresan los sentimientos de los creyentes como comunidad con cierto sentido teatral. En ese sentido, es revelador el texto de Daniel Schiebeler, de extraordinaria llaneza poética.

Respecto a la escritura de la obra, Bach hijo muestra un refinamiento contrapuntístico inequívocamente heredado del gran Johann Sebastian, pero no es ésta una obra en la que el compositor se muestre obsesionado por la técnica.

Más bien está dirigida al corazón de los amantes de la música, y es por ello que su música fluye con sorprendente naturalidad, con vocación de generar en el oyente infinidad de sensaciones, pero sin que ello implique un gran esfuerzo intelectual. La propia naturaleza de los sonidos, las armonías y las melodías dominan de principio a fin de la partitura, sin erudiciones ocultas, con una sinceridad que hizo a Johann Friedrich Reichardt, crítico musical de la época, escribir una apasionada crónica:

Después de Judas Macabeo de Haendel nunca el placer me embargó tan próximo al dolor. Nunca experimenté algo semejante. Jamás había escuchado antes sonidos tan mágicos capaces de conquistar el corazón; ni tampoco vi nunca que armonías tan poderosas colmaran las almas de los oyentes con la contundencia poderosa de un trueno; sus huesos temblaron de la emoción y su sangre se heló incluso, de puro miedo. Luego, de igual manera, aquellas armonías puras y celestiales apaciguaron sus almas y dulces y acariciantes sones trajeron paz a sus espíritus, anegando sus ojos de dulces lágrimas de alegría.

Les invitamos a escuchar Los israelitas en el desierto en una versión con Corona Coloniensis y Cappella Coloniensis, a las órdenes de William Christie.

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23 Feb 2010

Thomas Linley, el Mozart inglés

por Martín Llade el 23 Feb 2010 | URL Permanente

Y hoy proponemos a nuestros oyentes acercarnos a la obra de quien fue llamado el Mozart inglés, Thomas Linley el joven, autor que nació el mismo año que el genio de Salzburgo, en 1756. La muerte, sin embargo, truncó su carrera mucho antes que la de éste, a los veintidos años de edad.

Al igual que Mozart, Thomas Linley era hijo del compositor del mismo nombre, aunque su formación musical corrió a cargo de William Boyce, uno de los creadores musicales más importantes de la Inglaterra del siglo XVIII.

Consciente del enorme talento de su hijo, Linley padre lo envió a Italia, donde estuvo desde los doce a los quince años, aprendiendo con Pietro Nardini, alumno de Tartini y extraordinario violinista, quien lo formó también en este instrumento. A los catorce años, Linley, a quien llamaban Tommasino en Italia, conoció a su coetáneo Mozart en Florencia y surgió entre ellos una sincera amistad, llena de mutua admiración. De hecho, el musicólogo Charles Burney da cuenta en sus memorias del enorme caudal creativo de ambos genios, los más precoces de toda Europa.

A su regreso a Gran Bretaña, Linley prosiguió su carrera, convirtiéndose en la mano derecha de su padre, que dirigía exitosos conciertos en escenarios como el Teatro Drury Lane y en la ciudad de Bath. La producción de Linley se compone de música coral, canciones y conciertos y sonatas para el violín, del que era un virtuoso. Estas últimas obras eran interpretadas en los conciertos dirigidos por su padre, durante los intermedios de los oratorios de otros autores.

Además, él y su progenitor pusieron música a la comedia ambientada en Sevilla La dueña, de su cuñado, el irlandés Richard Brinsley Sheridan. Esta obra inspiraría en el siglo XX dos óperas: La dueña de Roberto Gehrard y Matrimonio en el convento de Prokofiev.

Por desgracia, la prometedora carrera de Linley, quien quizás hubiese cambiado el curso de la historia musical inglesa, se interrumpió de forma abrupta, cuando falleció como consecuencia de un accidente en barca durante una travesía de placer junto a su familia, para visitar el Castillo de Grimsthorpe.

Una idea de lo popular que llegó a ser Linley en vida nos la da el hecho de que el gran pintor Thomas Gainsborough lo retratase en tres ocasiones a lo largo de su corta vida.

Poco ha sobrevivido de la obra de Linley, pero en las partituras supervivientes, como la que escucharán en breve, refleja profundas influencias de Purcell, Haendel y el Bach de Londres, Johann Christian, y su muerte es una de las grandes tragedias de la historia de la música inglesa.

La obra que hoy les proponemos para abrir Acompasa2 es su Oda lírica sobre las hadas, las criaturas voladoras y las brujas de Shakespeare, también conocida sencillamente como Oda Lírica u Oda Shakespeare. En ella, Linley homenajea al Cisne de Avon mediante un texto de su amigo el francés Laurence, en el que un espíritu, el de Avon, narra cómo Júpiter insufló a Shakespeare el genio con el que desarrollaría su carrera literaria.

Se describe entonces su universo, apelando especialmente a los elementos sobrenaturales que lo pueblan, como las hadas de El sueño de una noche de verano o las brujas de Macbeth. Esto confiere a la obra cierta atmósfera prerromántica, aunque Linley también nos deleita con fugas haendelianas, y refinados minuetos de ecos vieneses, con inspirados pasajes para lucimiento del oboe y las trompas.

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11 Feb 2010

La "Segunda" de Dvorak

por Martín Llade el 11 Feb 2010 | URL Permanente

A diferencia de otros autores del siglo XIX, el ciclo sinfónico de Dvorak dista mucho de resumirse en una línea cronológica sencilla en la que cada composición era estrenada según iban escribiéndose, sucediendo lo mismo con la edición de la partitura. Si bien el ejemplo de Bruckner, que compuso sinfonías que hoy día carecen de numeración, con varias versiones existentes de cada una de las oficiales, puede dar una idea de los batiburrillos que la incomprensión del momento depara a la obra de un compositor, el caso del checo es quizás más extremo.

En el momento de su muerte existía cierto caos en la ordenación de sus sinfonías, que sólo con el tiempo y paciencia se pudo arreglar. Por ejemplo, la hoy conocida como Quinta figuraba como la tercera y la Novena, del Nuevo Mundo, era la quinta. Para acabar de rizar el rizo, aparecieron dos sinfonías primerizas que se daban por perdidas y que obligaron a los expertos, basándose en su orden de composición, a catalogarlas como Primera y Segunda. Hay que decir que Dvorak no hubiera estado muy de acuerdo con esto, ya que en su momento las destruyó por considerarlas meros ejercicios estudiantiles, carentes de valor.

Su primera sinfonía, subtitulada “Las campanas de Zlonice”, data de 1865 y fue compuesta cuando aún era un completo desconocido. Ilusionado con la idea de presentarla a un concurso, la escribió con su habitual rapidez y la mandó por correo, sin llegar siquiera a ser seleccionada por el jurado. Descorazonado, decidió destruirla, pero quiso el azar que la copia manuscrita que remitió al concurso no le fuese devuelta, con lo que en los años veinte apareció intacta en la biblioteca de un tal profesor Dvorak, de Praga, que no tenía nada que ver con el músico.

Considerada por los oyentes de su época como un misterioso regalo del cielo, que les mandaba más música dvorakiana veinte años después de muerto el artista, su estreno oficial causó gran interés en su día, si bien hoy no es demasiado conocida. En ella puede apreciarse el vigor innato del autor, que introdujo, quizás motivado por la prisa, temas de obras suyas anteriores. Igualmente sucedió con la obra que queremos proponerles ahora, la Sinfonía Nº 2, para la cual empleó también material reciclado de unos cuadernos de piezas para piano titulados Siluetas.

En esta ocasión la obra sí se estrenó en vida de Dvorak, concretamente en 1888, veintidós años después de escrita aunque, considerándola inmadura, también destruyó esta partitura, sobreviviendo gracias a las copias que se hicieron para la orquesta en el momento del estreno.

La Segunda es una obra que muy rara vez se interpreta y que los melómanos sólo pueden encontrar en integrales sinfónicas del músico checo y no por separado. Pero al igual que su predecesora no está exenta de encanto ni de interés y no es difícil vislumbrar en ella el inmenso talento, todavía por eclosionar, de un genio de veinticuatro años, cuyo entusiasmo es su mejor tarjeta de presentación. Les invitamos a conocer un poco más la Sinfonía Nº 2 en si bemol mayor, con la Filarmónica de Berlín, dirigida por Rafael Kubelik.

Hoy también en Acompasa2:

-Alkan, Sonata para violonchelo y piano op. 47 Y. Chiffoleau (violonchelo), O. Gardon (piano)

-Reger, Canciones para coro de hombres op. 83 Gli Scapoli. Dir.: R. Agamir

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09 Feb 2010

Schobert, un compositor trágicamente desaparecido

por Martín Llade el 09 Feb 2010 | URL Permanente

Hoy comenzamos Acompasa2 con uno de los compositores malogrados del siglo XVIII quien ejercería una importante influencia en Mozart, cuando todavía éste era un niño. Johann Schobert nació en torno a 1735 probablemente en Silesia. Otras teorías afirman que era oriundo de Nuremberg e incluso sobre la forma correcta de su nombre hay discrepancias, ya que en algunos manuales del siglo XIX es llamado Schubart.

Asociado por su estilo a la Escuela de Mannheim, también se ignora qué hizo en sus primeros años de vida, hasta que se casó con una francesa y se instaló en París, donde adquiriría gran reputación como compositor para clavicordio, autopublicando sus partituras. Menos venturosa fue, sin embargo, su incursión en el terreno operístico, que se saldó con el fracaso de su único título, La garde-chasse et le braconnier.

El barón Grimm, que le conoció bien, nos legó este retrato de él:

Tenía un gran talento y una técnica brillante. Era inigualable al teclado y su interpretación era de una pureza deliciosa. No tenía el talento de Eckard, por entonces el maestro por excelencia en París, pero tenía muchos más admiradores que éste, porque su música era siempre agradable. Sus composiciones eran encantadoras, y aunque tampoco merecían ser muy imitadas por otros, en ellas demostraba conocer los efectos y la magia de la armonía y escribía con gran facilidad.

Aunque Schobert era considerado una persona encantadora, Leopold Mozart, quien llevó a su hijo Wolfgang a conocerle, lo describió como envidioso y falso. Esta censura no se corresponde en el plano artístico, pues Mozart llegó a realizar, por indicación de su padre numerosos arreglos para piano de obras de Schobert. Incluso años después emplearía un adagio suyo para un concierto de piano e incluso instruiría a sus propios alumnos con partituras del silesiano.

Johann Schobert falleció de forma trágica poco después de su encuentro con el niño Mozart. Tras coger unas setas en el bosque, mandó a su cocinero que las preparase, pese a las reticencias de éste. Las setas eran venenosas y Schobert falleció a los 32 años, junto a su esposa, uno de sus hijos y otros comensales.

Para quitar a nuestros oyentes el mal sabor de boca de este espantoso suceso, les invitamos hoy a disfrutar del bellísimo Concierto para piano y orquesta en Sol Mayor op.9 de Schobert en la interpretación de Fania Chapiro al fortepiano y Musica Ad Rhenum a las órdenes de Jed Wentz.

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27 Ene 2010

El Te Deum de De Sousa Carvalho

por Martín Llade el 27 Ene 2010 | URL Permanente

Programación del 26 de enero en Acompasa2:

-Sinfonía Nº 2. Alberic Magnard. Orquesta del Capitole de Toulouse. Dir.: Michel Plasson.
-Te Deum. Joao de Sousa Carvalho (1745-h.1798). Brigitte Fournier, soprano I, Naoko Okada, soprano II, Elisabeth Graf, contralto, John Elwes, tenor, Michel Brodard, bajo Orquesta y Coro Gulbenkian. Dir.: Michel Corboz.
-Obertura de L'amore industrioso de J. de Sousa Carvalho.
-Obertura de La muerte de Semíramis, de Marcos Portugal (1762-1830).

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21 Ene 2010

La sonata inconclusa de Lekeu

por Martín Llade el 21 Ene 2010 | URL Permanente

El compositor belga Guillaume Lekeu falleció en 1894, a los 24 años de edad. La brevedad de su existencia abortó una vida que se prometía fecunda en obras maestras, a juzgar por las partituras que nos han llegado de él. Alumno de Cesar Franck durante breve tiempo, la muerte de éste le privó de un apoyo que le hubiera sido muy beneficioso. Aún así, Vincent D’Indy, también alumno de Franck, le tomaría bajo su protección

Al año siguiente, Lekeu presentó su cantata Andrómeda a la versión belga del Premio de Roma, pero se le concedió injustamente el segundo premio, por no haber sido alumno de los conservatorios belgas. Por fortuna, el gran violinista y compositor Eugene Ysaye le encargó una sonata para violín y piano, que difundiría por todo el mundo con gran éxito. Pero Lekeu no disfrutaría de él, ya que falleció víctima de fiebres tifoideas.

En 1888, a los 18 años, Lekeu escribió otra sonata, ésta para violonchelo y piano, en fa mayor pero nunca la publicó. El manuscrito salió a la luz entre sus papeles años después de su muerte y presentaba un final misteriosamente interrumpido. La duda se cernió entonces sobre los expertos. ¿Lekeu no la había terminado o faltaba alguna página del manuscrito? En todo caso, en 1923, su maestro D’Indy trató de reparar esta carencia, añadiéndole de su pluma un final de circunstancias, que descompensaba la profunda carga emocional de los dos movimientos primeros. Y es que el veterano compositor nunca fue, al contrario que su alumno, un hombre dado a la música sentimental.

La longitud y la complejidad de esta obra son inhabituales para este tipo de obras y nunca desde el opus 102 de Beethoven había alcanzado una sonata para violonchelo tales dimensiones. Explosiones de rebelión, sollozos pianísticos, soliloquios elegíacos del violonchelo y secciones que confrontan himnos de paz celestial con los más arrebatados sentimientos, prueban que, a pesar de estar el músico todavía realizando sus estudios secundarios, el sufrimiento del genio no es patrimonio exclusivo de los años.

Hoy en Acompasa2 escucharemos esta sonata, en la interpretación de Alain Meunier, violonchelo, y Philippe Gilhon-Herbert.

-Y también hoy...la Sinfonía Nº 5 de Bruckner con la Philharmonia Orchestra, dirigida por Benjamin Zander.

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21 Dic 2009

Beltrán Pagola, maestro de maestros

por Martín Llade el 21 Dic 2009 | URL Permanente

Recorremos hoy en Acompasa2 la vida y obra del donostiarra Beltrán Pagola (1878-1950), maestro de Usandizaga, Sorozábal, Escudero y otros importantes músicos vascos. Pagola ocupaba la cátedra de piano del Conservatorio de San Sebastián y comenzó a dedicarse en cuerpo y alma a la composición a los cuarenta años, mostrando una gran influencia de Debussy. Fue además el gran sinfonista vasco de su tiempo, con un catálogo que incluye cuatro sinfonías y una sinfonietta.

La Sinfonía sobre cantos vascos que escucharemos hoy en Acompasa2 fue compuesta en 1919 para un concurso de la Diputación de Vizcaya.Pagola obtuvo el Segundo Premio, quedando desiertos el primero y el tercero. Dividida en los cuatro movimientos tradicionales, se apoya en las melodías populares labortanas "Argizagi ederra, argi egidazu" (primer y segundo movimiento), "Salvatore gora da, Garazi andian" (primer mov.) y "Mutil, mutil jaiki ari" (tercer movimiento).

Escucharemos esta sinfonía y el allegro appassionato de la Sonata para piano sobre motivos vascos de Pagola (este último movimiento orquestado por su alumno Escudero) en una interpretación reciente de la Orquesta Sinfónica de Euskadi dirigida por Rubén Gimeno.

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01 Dic 2009

La Sinfonía Nº 3 de Georges Enescu

por Martín Llade el 01 Dic 2009 | URL Permanente

En mayo de 1919 veía la luz la Sinfonía Nº 3 del rumano Georges Enescu, que ha sido considerada su obra maestra dentro del terreno sinfónico. Verdaderamente, el despliegue de efectivos no tiene parangón en la producción del músico, con su extensa orquesta, en la que la sección de cuerda cuenta con no menos de 76 profesores, y donde se incluyen un órgano, un piano, dos arpas, un violín que actúa como solista y un coro que canta sin palabras.

Por sus dimensiones, su poderosa estructura y su coherencia orgánica anticipa composiciones como la Cuarta Sinfonía de Franz Schmidt. La tercera tiene tres movimientos, como las anteriores sinfonías de Enescu, aunque presenta como novedad un aterrador scherzo, algo ausente en las otras.

La sinfonía se abre con un poderoso pasaje en 6/4 cuya majestuosidad puede recordar al que abría la Sinfonía Nº 1 de Brahms o la Segunda De Schumann, que Enescu idolatraba y de la que dejaría un registro discográfico histórico en 1949. Ahora bien, el tejido de este primer movimiento es más bien bruckneriano, y establece tanto la atmósfera general de la obra como un profundo espectro tonal.

Los temas de esta partitura son expuestos a la vez que se desarrolla, provocando violentos estados anímicos dentro de la partitura, que Enescu aprovecha para desplegar su más colorista paleta orquestal, de una belleza en ocasiones abrupta.

El ya citado scherzo, de múltiples ritmos, tiene cierto aire siniestro que recuerda al de obras de la época como La mujer sin sombra de Richard Strauss, La sinfonía gótica de Havergal Brian o Los guerreros de Percy Grainger. El scherzo ha sido considerada la página más francesa de la sinfonía y comienza en la expansiva tonalidad de do mayor para evolucionar a la de do menor.

En el movimiento final, lento ma non troppo entra finalmente el coro, desplegado mediante una escritura que podría considerarse instrumental, dando lugar a la sección más fantástica de la sinfonía.

Escucharemos la Sinfonía Nº 3 en do mayor op. 21 de Georges Enescu, en la interpretación de la Orquesta y Coro Nacional Rumanos a las órdenes de Horia Andreescu.

Hoy también escuchamos en Acompasa2:

-Sinfonía en do menor (1937) de Ernst John Moeran. Orquesta del Ulster. Dir.: Vernon Handley.

-Gaité Parisienne (selección) Offenbach/Rosenthal. Orquesta Sinfónica de Montreal. Di.: Charles Dutoit.

-Impresiones para violín y piano, de Leopold Godowsky. Gottfried Schneider (violín), Cord Garben (piano).

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23 Nov 2009

Dos partituras perdidas

por Martín Llade el 23 Nov 2009 | URL Permanente

Hoy en Acompasa2 presentamos dos novedades discográficas de dos obras que durante mucho tiempo se creyeron perdidas. La primera es el "concierto para piano" o "Concierto fantástico" de Isaac Albéniz, que éste orquestó con asesoría de Tomás Bretón, y que es una composición juvenil, más próxima al romanticismo de Chopin y Schumann que al nacionalismo español albeniziano. La escucharemos interpretada por el pianista Miguel Baselga, junto a la Orquesta Sinfónica de Tenerife.

Otra novedad discográfica que no dejará indiferentes a nuestros oyentes es la recuperación de la Corona de la India, una partitura calificada de Mascarada Imperial en dos cuadros, compuesta por Edward Elgar entre 1911 y 1912 para conmemorar la coronación de Jorge V y su esposa María como emperadores de la India. Elgar compuso esta suerte de musical sobre un libreto del actor Henry Hamilton, en el que las ciudades de Delhi y Calcuta, representadas por actrices, exponían sus méritos a la India, representada por una tercera actriz, a fin de que eligiera a una de ellas como su capital.

Después del estreno, Elgar realizó una suite orquestal de esta mascarada, y a punto estuvo de ser lo único que nos llegase de ella, ya que en 1970 la demolición de un edificio donde se guardaba la partitura original supuso aparentemente su desaparición para siempre.

Sin embargo, se conservaba una versión pianística. El musicólogo y compositor Anthony Payne, que hace algunos años completó la tercera sinfonía de Elgar, que éste había dejado inacabada, fue requerido para realizar una orquestación con motivo del 150 aniversario del músico. Basándose en los números de la suite, en la plantilla orquestal del estreno, que sí era conocida, y en su propio conocimiento del lenguaje elgariano, Payne ha resucitado La Corona de la India, y ésta ha sido recientemente registrada por la Orquesta Filarmónica de la BBC, a las órdenes de Sir Andrew Davis.

La mascarada es muy extensa, pues su duración supera la hora y cuarto, por lo que no se la ofreceremos a nuestros oyentes. Pero sí podemos escuchar una selección sin los diálogos de Hamilton (Davis la ha registrado de ambas maneras).

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